Dora y la joven homosexual. Clase 8 Seminario 4. Jacques Lacan

La insistencia simbólica de la transferencia. Padre potente, padre impotente. El amor, la falta y el don. Dora, entre pregunta e identificación. Metonimia perversa, metáfora neurótica.

Lo que se hace habitualmente… sin distinguir los planos real, imaginario y simbólico, llegamos a callejones sin salida que espero hacerles apreciar a medida que vayamos avanzando.

Principios de las relaciones entre el objeto y la constitución de la cadena simbólica.

Pero por ahora, tratamos de establecer los principios de las relaciones entre el objeto y, por otra parte, la constitución de la cadena simbólica.

De entrada, tenemos la posición de la chica cuando se encuentra todavía en la época de la pubertad. La primera estructuración simbólica e imaginaria de esta posición se hace de forma clásica, como manda la teoría. La equivalencia pene imaginario-niño instaura al sujeto como madre imaginaria con respecto a ese más allá, el padre, que interviene como simbólica, es decir, como quien puede dar el falo.

La potencia del padre es pues inconsciente. Nos encontramos después del declive del complejo de Edipo, y el padre, como aquel que puede dar el niño, es inconsciente.

En este estadio es cuando se produce, por así decirlo, el momento fatal en que el padre interviene en lo real para dar un hijo a la madre, es decir, que hace de ese niño con el cual el sujeto se halla en relación imaginaria, un niño real.

Hay algo que se realice y, en consecuencia, ella no podrá seguir sosteniéndolo en la posición imaginaria donde lo instituía.

Nos encontramos ahora en un segundo tiempo. La intervención del padre real con respecto al niño, niño del que en consecuencia ella resulta frustrada, produce la transformación de toda la ecuación, planteada por consiguiente en estos términos —el padre imaginario, la dama, el pene simbólico.

Mediante una especie de inversión, la relación del sujeto con su padre, situada hasta ahora en el orden simbólico, pasa a la relación imaginaria. O si ustedes quieren, hay una proyección de la fórmula inconsciente, … en una relación perversa entre comillas, una relación imaginaria, o sea su relación con la dama. Este es el tercer tiempo.

He aquí pues, tras una primera aplicación de nuestras fórmulas, la posición de los términos que están en juego, posición enigmática sin lugar a dudes, en la que podemos detenernos un instante.

Es conveniente de todos modos observar que estos términos, sean cuales sean, imponen una estructura, es decir que, si cambiamos alguno de posición, deberíamos situar de otro modo, y no en cualquier parte, todos los demás. Tratemos de ver ahora que significa esto. El análisis nos proporciona su significación.

¿Qué nos dice Freud en el momento crucial de esta observación?

Freud cristaliza las posiciones respectivas, la de él y la de su paciente, de una forma nada satisfactoria, porque, como el mismo afirma, es entonces cuando se rompe la relación analítica.

Piense lo que piense Freud, estamos lejos de inclinarnos a poner todo el peso en una posición sin salida por parte de la enferma. Su propia intervención, su concepción, sus prejuicios sobre la situación, algo habrán tenido que ver en la ruptura.

Recordemos en que consiste esta situación y como nos la formula Freud. Freud nos dice que las resistencias de la enferma han sido insuperables:
—¿Cómo materializa dichas resistencias?
—¿Qué ejemplos da?
—¿Qué sentido les da?

Las ve expresadas particularmente en un sueño que, paradójicamente, hubiera podido dar no pocas esperanzas, o sea, de que la situación se normalizara. Es en efecto un sueño en el que se trata, nada más y nada menos, de unión, conjugo, matrimonio fecundo. En él la paciente está sometida a un cónyuge ideal y tiene hijos. En resumen, el sueño manifiesta un deseo que va en la dirección de lo que, si no Freud, al menos la sociedad, representada aquí por la familia, puede desear como el mejor resultado del tratamiento.

Armado con todo lo que la paciente le dice sobre su posición y sus intenciones, Freud, lejos de tomar el texto del sueño al pie de la letra, no ve en el más que una beta de la paciente, destinada expresamente a decepcionarlo, o más exactamente a ilusionarlo y desilusionarlo al mismo tiempo, como en esa práctica que mencione hace un rato, el juego intersubjetivo de la adivinación.

Esto supone, como Freud señala, que se le pueda objetar —¿Pero entonces? puede mentir el inconsciente? Freud insiste mucho en este punto, lo discute y tiene cuidado de responder de forma muy articulada.

Freud toma aquí de nuevo un pasaje de La interpretación de los sueños. También lo hace en otra observación que vamos a ver dentro de un momento, la de Dora, a propósito de la cual hice en cierta ocasión, … una breve intervención con el resumen de las posiciones que en mi opinión deben orientar la concepción del caso.

La Traumdeutung, a propósito de las relaciones entre el deseo inconsciente y el deseo preconsciente, introduce una comparación entre capitalistas y empresario. El deseo preconsciente es el empresario del sueño, pero el sueño no sería en nada suficiente para instituirse como representante de lo que se llama el inconsciente, si no hubiera otro deseo que constituye el fondo del sueño, el deseo inconsciente.

Freud distingue pues muy bien los dos deseos, sólo que no extrae las consecuencias más extremas. Es conveniente plantear la distinción entre lo que el sujeto introduce en su sueño, que corresponde al nivel del inconsciente, y el factor de la relación dual, debido a que cuando cuenta este sueño en el análisis se dirige a alguien.

En este sentido digo yo que un sueño producido durante un análisis comporta siempre cierta dirección hacia el analista, y esta dirección no es siempre obligatoriamente la dirección inconsciente.

Toda la cuestión está en saber si se deben destacar las intenciones que según nos dice Freud son manifiestamente las de la enferma, o sea jugar con su padre —la misma enferma llega a formularlo— el juego de engaño, fingir que se somete a tratamiento y mantener sus posiciones, su fidelidad a la dama.

Lo que se expresa en el sueño, ¿debe concebirse pura y simplemente en la perspectiva del engaño, es decir, de su intención preconsciente? No lo parece.

Si lo examinamos detalladamente, ¿Qué es lo que vemos formularse? Sin duda se hace en una dialéctica de engaño, pero lo que se fórmula en el inconsciente, tanto en la primera como en la tercera etapa, es, devolviéndolo al significante, lo que en el origen esta desviado, a saber, su propio mensaje que proviene del padre bajo una forma invertida, bajo la forma de tú eres mi mujer, … tú tendrás un hijo mío.

Esta es, a la entrada del Edipo, o mientras no se resuelve el Edipo, la promesa en la que se basa la entrada de la niña en el complejo de Edipo.

Este es el origen de la posición, y en el sueño se articula una situación que satisface tal promesa. Lo que se manifiesta es siempre el mismo contenido del inconsciente.

Si Freud titubea ante este contenido, es, precisamente, a falta de llegar a una formulación depurada de la transferencia.

Hay en efecto en la transferencia un elemento imaginario y un elemento simbólico, y en consecuencia hay que elegir.

Si la transferencia tiene sentido, si tiene sentido lo que Freud nos aporto ulteriormente con la noción de repetición forzada, …  es que si hay transferencia es en la medida en que hay una insistencia propia de la cadena significante.

Sin duda, por definición, esta insistencia propia de la cadena simbólica no la sume el sujeto. Sin embargo, el sólo hecho de que se produzca y surja en la etapa tres, subsistiendo y formulándose en un sueño, permite decir que dicho sueño, aunque parezca un sueño falaz porque está en el plano imaginario y en relación directa con el terapeuta, es por lo menos el único representante de la transferencia en su sentido propio.

En esto podía depositar Freud con toda seguridad su confianza, para intervenir con audacia.

Su noción de la transferencia debería haberse basado en una posición menos oscilante, y hubiera debido pensar precisamente que la transferencia se produce en lo esencial en el plano de la articulación simbólica.

Cuando hablamos de transferencia, cuando algo adquiere su sentido al convertirse el analista en el lugar de la transferencia, es precisamente en la medida en que se trata de la articulación simbólica propiamente dicha, y ello, por supuesto, antes de que el sujeto la haya asumido, como puede verse aquí en lo que es un sueño de transferencia.

Si Freud observa de todos modos que aquí se produce algo del orden de la transferencia, no extrae la consecuencia estricta, ni tampoco el método correcto de intervención.

El caso de Dora.

Dora – Ida Bauer –

 Esta observación no sólo es válida para un caso particular. Tenemos igualmente otro caso en el cual el problema se plantea al mismo nivel y de la misma forma, sólo que Freud comete el error exactamente contrario. Es el caso de Dora.

Estos dos casos se equilibran admirablemente. Se entrecruzan estrictamente el uno con el otro. En primer lugar, porque la confusión de la posición simbólica con la posición imaginaria se produce en un sentido opuesto en cada caso. Pero más aún porque, en el conjunto de su constelación, se corresponden estrictamente, sólo que uno se organice con respecto al otro como lo positivo es a lo negativo. Podría decir que no hay mejor ilustración de la fórmula de Freud —la perversión es el negativo de la neurosis.

Pero es preciso desarrollarlo. Recordemos rápidamente los términos del caso de Dora por lo que tienen en común con los de la constelación presente en el caso de la joven homosexual.

Tenemos en el caso de Dora exactamente los mismos personajes — en primer término, un padre, una hija y también una dama, la señora K. Nos resulta tanto más chocante que todo el problema gire de la misma forma alrededor de la dama, aunque esto se le oculta a Freud en la presentación de la situación por parte de la chica.

Se trata de una pequeña histérica que le llevan por algunos síntomas que ha tenido, menores sin duda, pero aun así inequívocos. La situación se ha hecho intolerable tras una especie de demostración o de intención de suicidio que ha acabado alarmando a su familia.

El padre se la presenta a Freud como una enferma, y este mismo paso, la propia consulta, es un elemento que de por sí denota, sin lugar a dudas, una crisis en el conjunto social que hasta entonces se había mantenido en cierto equilibrio.

Sin embargo, este singular equilibrio se había roto ya dos años atrás, con motivo de una situación que de entrada le ocultan a Freud, a saber, que el padre tema como amante a una tal señora K., casada con un señor llamado señor K. Esta pareja vive en una especie de relación de cuarteto con la pareja formada por el padre y la hija. La madre está ausente de la situación.

Vemos ya, a medida que vamos avanzando, el contraste con respecto a la situación anterior. En el caso de la joven homosexual, en efecto, la madre está presente, puesto que es ella quien le arrebata a la hija la atención de su padre e introduce el elemento de frustración real que habrá sido determinante en la formación de la constelación perversa.

Por otra parte, en el caso de Dora, es el padre quien introduce a la dama y al parecer la mantiene ahí, mientras que en el otro caso es la hija quien la introduce.

Lo chocante es que Dora le indica enseguida a Freud su reivindicación extremadamente intensa del afecto de su padre, que, según ella, le fue arrebatado por la relación en cuestión.

Le demuestra inmediatamente a Freud que siempre estuvo al corriente de la existencia de tal relación, de su permanencia y su carácter preferente, y que ha llegado a resultarle intolerable. Todo su comportamiento denota su reivindicación frente a esa relación.

Freud da entonces un paso, el primero de la experiencia freudiana, el más decisivo por su cualidad propiamente dialéctica. Lleva a Dora hasta la siguiente pregunta —Esto que la subleva a usted como si de una disipación se tratara, ¿acaso no es algo en lo que usted misma ha participado? Y en efecto, Freud pone al descubierto rápidamente que, hasta ese momento crítico, la situación había sido sostenida de la forma más eficaz por la misma Dora.

Ella se había mostrado mucho más que complaciente con esta situación singular, en realidad había sido incluso su pieza clave, había protegido los apartes de la pareja del padre y la dama, incluso había sustituido en una ocasión a la dama en sus funciones, cuidando de sus hijos, por ejemplo.

Por otra parte, a medida que nos adentramos en la estructura del caso, se revela incluso que Dora tiene una relación muy especial con la dama, que resulta ser su confidente y, al parecer, ha llegado muy lejos en sus confidencias.

Hoy sólo puedo recordarles en qué términos se plantea el problema a lo largo de toda la observación. Sin duda Freud se da cuenta a posteriori de que, si ha fracasado, es en razón de una resistencia de la paciente a admitir la relación amorosa que la une con el señor K., algo que él le sugirió como un hecho con todo el peso de su insistencia y de su autoridad.

Freud llega incluso a indicar en una nota que sin duda hubo algún error por su parte, y que hubiera debido comprender que el apego homosexual por la señora K. era la verdadera significación de la institución de la posición primitiva de Dora, así como de su crisis. Pero lo importante no es únicamente que Freud lo reconozca a posterior), porque a lo largo de toda la observación pueden ustedes leer como se mantiene en la mayor ambigüedad en lo que se refiere al objeto real del deseo de Dora.

¿En qué términos se debe articular la posición del problema?

Está claro que el señor K., su persona, tiene una importancia primordial para Dora y que con él se establece algo semejante a un vínculo libidinal. Está claro también que algo de otro orden, de una importancia igualmente considerable, juega un papel en el vínculo libidinal de Dora con la señora K. ¿Cómo concebir ambos de forma que se justifique y permita concebir, tanto la progresión de la aventura como el momento en que se detiene, su crisis, el punto de ruptura del equilibrio?

Hace cinco años abordé por primera vez esta observación y, de acuerdo con la estructura de las histéricas, indicaba lo siguiente —la histérica es alguien cuyo objeto es homosexual— la histérica aborda este objeto homosexual por identificación con alguien del otro sexo. Se trataba de un primer planteamiento, en cierto modo clínico.

Llegué más lejos. Partiendo de la relación narcisista como fundadora del yo (moi) , como matriz, arquetipo (Urbild), de la constitución de esa función imaginaria llamada el yo, había mostrado que había huellas de ella en la observación.

La situación de esta cuadrilla, en efecto, sólo se entiende en la medida en que el yo —solo el yo— de Dora ha hecho una identificación con un personaje viril, el señor K., y que los hombres son para ella otras tantas cristalizaciones posibles de su yo.

En otros términos, por medio del señor K., en la medida en que ella es el señor K., en el punto imaginario que constituye la personalidad del señor K., es como Dora está vinculada con el personaje de la señora K.

Llegué todavía un poco más lejos y dije —la señora K. es alguien importante, ¿por qué? No sólo es importante porque constituye el objeto de una elección entre otros objetos. No sólo es importante porque esta investida con la función narcisista que se encuentra en el fondo de todo enamoramiento, amoresidad (Verliebtheit). No, como lo indican los sueños, y lo esencial de la observación gira en torno a los sueños, la señora K. es la pregunta de Dora.

Ahora tratemos de transcribir esto en nuestra formulación presente para situar lo que, en este cuarteto, se ordena en nuestro esquema fundamental.

Dora es una histérica, es decir, alguien que ha alcanzado la crisis edípica y que, al mismo tiempo, ha podido y no ha podido franquearla.

Hay una razón para ello —es que su padre, al revés que el padre de la homosexual, es impotente. Toda la observación descansa en la noción central de la impotencia del padre.

He aquí pues una ocasión propicia para destacar, de una forma particularmente ejemplar, en que puede consistir la función del padre en relación con la falta de objeto que hace entrar a la niña en el Edipo. ¿Cuál puede ser la función del padre como donador?

Esta situación descansa en la distinción que ya hice a propósito de la frustración primitiva, la que puede establecerse en la relación del niño con la madre. Hay un objeto del que el niño es frustrado. Pero después de la frustración, su deseo subsiste. La frustración sólo tiene sentido en la medida en que el objeto, como pertenencia del sujeto, subsiste después de la frustración. La madre interviene entonces en otro registro— da o no da, pero en cuanto que ese don es signo de amor.

He aquí ahora al padre, que sirve para ser quien da simbólicamente ese objeto faltante. Aquí, en el caso de Dora, no lo da, porque no lo tiene. La carencia fálica del padre atraviesa toda la observación como una nota fundamental, constitutiva de la posición. Pero, también en este caso, ¿lo encontramos en un sólo plano? ¿Toda la crisis se establecerá pura y simplemente en relación con esta falta? Observemos de que se trata.

¿Qué es dar?

[Es la dimensión] introducida ahí donde la relación de objeto es elevada al grado simbólico por el hecho de que el objeto puede ser dado o no.

En otros términos, lo que se da, ¿es alguna vez el objeto? Esta es la cuestión, y en la observación de Dora vemos uno de sus desenlaces, que es ejemplar.

Así es, Dora sigue muy vinculada con este padre de quien no recibe simbólicamente el don viril, tan vinculada que su historia empieza exactamente a la edad de la salida del Edipo, con toda una serie de accidentes histéricos netamente vinculados con manifestaciones de amor por ese padre que, en este momento, más que nunca, se presenta como un padre herido y enfermo, afectado en sus mismas potencies vitales. El amor que Dora le tiene a este padre es en tal caso estrictamente correlativo y coextensivo de su disminución.

Tenemos pues aquí una distinción muy clara:
Lo que interviene en la relación de amor, lo que se pide como signo de amor, es siempre algo que sólo vale como signo y como ninguna otra cosa. O por ir todavía más lejos, no hay mayor don posible, mayor signo de amor, que el don de lo que no se tiene.

Pero nótese que la dimensión del don sólo existe con la introducción de la ley. Como nos dice toda la meditación sociológica, el don es algo que circula, el don que uno hace es siempre el don que ha recibido. Pero cuando se trata del don entre dos sujetos, el ciclo de los dones tiene todavía un origen distinto, pues lo que establece la relación de amor es que el don se da, digámoslo así, por nada.

El principio del intercambio es nada por nada. Esta fórmula, como toda fórmula en la que interviene el ambiguo nada, parece la misma fórmula del interés, pero es también la fórmula de la gratuidad.

En el don de amor, se da algo por nada, y sólo puede ser nada.

Dicho de otra manera, lo que constituye el don es que un sujeto da algo de forma gratuita, pues tras lo que da esta todo lo que le falta, el sujeto sacrifica más allá de lo que tiene. Lo mismo ocurre por otra parte en el don primitivo, tal como se ejerce efectivamente en el origen de los intercambios humanos bajo la forma del potlatch.

Supongamos un sujeto cargado con todos los bienes posibles, todas las riquezas, un sujeto que tenga el colmo de todo lo que se pueda tener. Pues bien, un don suyo no tendría de ningún modo el valor de un signo de amor.

Los creyentes se imaginan poder amar a Dios porque se supone que Dios posee una total plenitud, el colmo del ser. Pero si puede concebirse siquiera tal reconocimiento por un dios que sena todo, es porque en el fondo de toda creencia hay sin embargo esto —a este ser supuestamente pensado como un todo—, le falta sin duda lo principal en el ser, es decir la existencia. En el fondo de toda creencia en el dios como perfecta y totalmente munificente, se encuentra la noción de ese no sé qué que siempre le falta y hace que de todos modos siempre se pueda suponer que no existe.

Si de algo no cabe duda es de que entonces Dora se encuentra en el momento en que ama a su padre. Lo ama precisamente por lo que él no le da. Toda la situación es impensable sin esta posición primitiva, que se mantiene hasta el final.

La observación se basa en el siguiente ternario —el padre, Dora, señora K.

Toda la situación se instaura como si Dora tuviera que plantearse la pregunta —¿Qué es lo que mi padre ama en la señora K? La señora K. se presenta como algo a lo que el padre puede amar más allá de ella misma. A lo que Dora se aferra, es a lo que su padre ama en otra, en la medida en que no sabe que es.

Esto está muy de acuerdo con lo que supone toda la teoría del objeto fálico, a saber, que el sujeto femenino sólo puede entrar en la dialéctica del orden simbólico por el don del falo.

Freud no niega la necesidad real que corresponde de por sí al órgano femenino, a la fisiología de la mujer, pero nunca puede intervenir así en el establecimiento de la posición de deseo. El deseo apunta al falo como don, que ha de ser recibido a este título. Con este fin es necesario que el falo, ausente, o presente en otra parte, sea elevado al nivel del don.

Al ser elevado a la dignidad de objeto de don, hace entrar al sujeto en la dialéctica del intercambio, normalizando así todas sus posiciones, incluidas las prohibiciones esenciales que fundan el movimiento general del intercambio.

En este contexto la necesidad real vinculada con el órgano femenino, [cuya existencia nunca se le ocurrió a Freud negarla], tendrá su lugar y obtendrá su satisfacción accesoriamente, pero nunca será discernido simbólicamente como algo dotado de sentido, siempre será en sí mismo esencialmente problemático, situado antes de cierto franqueamiento simbólico.

De eso se trata precisamente durante el despliegue de todos esos síntomas y a lo largo de toda la observación. Dora se pregunta —¿Qué es una mujer? Y eso porque la señora K. encarna propiamente la función femenina, porque ella es para Dora la representación de algo en lo que dicha función se proyecta como pregunta, como la pregunta.

Dora se encamina a una relación dual con la señora K., o más bien la señora K. es lo que es amado más allá de Dora, y por eso la propia Dora siente interés por esta posición.

La señora K. realice lo que ella, Dora, no puede ni saber ni conocer de esta situación en la que ella consigue alojarse. Lo que se ama en un ser esta más allá de lo que es, esta, a fin de cuentas, en lo que le falta.

Dora se sitúa en algún lugar entre su padre y la señora K. Si su padre ama a la señora K., Dora se siente satisfecha, a condición, por supuesto, de que se mantenga esta posición.

Por otra parte, esta situación se simboliza de mil formas. Así, el padre impotente suple por todos los medios del don simbólico, incluso los dones materiales, lo que no realiza como presencia viril, y de paso hace a Dora su beneficiaria, con una munificencia que se reparten a partes iguales su amante y su hija, de modo que lleva a esta última a participar en esa posición simbólica.

Sin embargo, con eso no basta, y Dora trata de restituir el acceso a una posición que se manifiesta en sentido inverso. Me refiero a que trata de restablecer una situación triangular, no ya con respecto al padre, sino con respecto a la mujer que tiene enfrente, la señora K. Aquí es donde interviene el señor K., con quien puede cerrarse efectivamente el triángulo, pero en una posición invertida….

Dora y nuestra homosexual se hallan pues implicadas en dos situaciones y dos registros distintos. ¿Qué diferencia se pone así de manifiesto?

Sidonie Csillag – La ‘joven homosexual’ de Freud –

Para ir deprisa y terminar con algo ilustrativo, les diré lo siguiente, que luego confirmaremos.

Si es cierto que lo que se mantiene en el inconsciente de nuestra homosexual es la promesa del padre, Tendrás un hijo mío, y si en su amor exaltado por la dama muestra, como nos dice Freud, el modelo del amor absolutamente desinteresado, del amor por nada, ¿no ven ustedes que todo ocurre como si la chica quisiera mostrarle a su padre que es un verdadero amor, ese amor que su padre le ha negado?

Sin duda en el inconsciente del sujeto existe el pensamiento de que el padre se ha puesto de parte de la madre porque así obtiene más ventajas, y en efecto esta relación es fundamental en toda entrada del niño en el Edipo, es decir la superioridad aplastante del rival adulto. Lo que la chica le demuestra aquí a su padre, es como se puede amar a alguien, no sólo por lo que tiene, sino literalmente por lo que no tiene, por ese pene simbólico que, como ella sabe muy bien, no va a encontrar en la dama, porque sabe perfectamente donde está, o sea en su padre, que no es, por su parte, impotente.

En otros términos, lo que se llama por así decirlo la perversión en este caso, se expresa entre líneas, por contrastes y alusiones. Es una forma de hablar de algo muy distinto, implicando necesariamente por la secuencia estricta de los términos que intervienen una contrapartida, precisamente lo que se quiere dar a entender al otro.

Aquí tienen ustedes lo que en otra ocasión llamé ante ustedes la metonimia, que consiste en dar a entender algo hablando de otra cosa muy distinta. Si no captan ustedes en toda su generalidad esta noción fundamental de la metonimia, es inconcebible que lleguen a tener alguna noción de lo que puede significar la perversión en lo imaginario.

La metonimia es el principio de lo que se puede llamar, en el terreno de la fabulación y del arte, el realismo.

Una novela, hecha de un montón de pequeños trazos sensibles de lo real que no quieren decir nada, no tiene ningún valor si no hace vibrar más allá armónicamente un sentido. Así, al principio de Guerra y paz, el tema repetido de los hombros desnudos de las mujeres vale por alguna otra cosa.

Si los grandes novelistas son soportables, es porque todo lo que se dedican a mostrarnos adquiere su sentido, de ningún modo simbólicamente, ni alegóricamente, sino por lo que hacen resonar a distancia. Lo mismo ocurre con el cine —cuando una película es buena, es porque es metonímica. Y de la misma manera, la función de la perversión del sujeto es una función metonímica.

Con Dora, que es una neurótica, ¿ocurre igual? Es muy distinto. Si consideran el esquema, se constata que en la perversión nos enfrentamos a una conducta significante que indica un significante más alejado en la cadena significante, en la medida en que le está vinculado a través de un significante necesario. En el caso de Dora, Dora tomada como sujeto se sitúa a cada paso bajo cierto número de significantes de la cadena. Encuentra en la situación una especie de metáfora perpetua.

Literalmente, el señor K. es su metáfora, porque de lo que ella es, Dora no puede decir nada. Dora no sabe dónde situarse, ni donde está, ni para qué sirve el amor. Sabe tan sólo que el amor existe y halla una historización del amor en la que encuentra su propio lugar bajo la forma de una pregunta.

Esta pregunta se centra en el contenido y la articulación de todos sus sueños… cuyo significado es esta misma pregunta. Total, si Dora se expresa como lo hace, a través de sus síntomas, es porque se pregunta qué es ser mujer.

Esos síntomas son elementos significantes, pero lo son porque por debajo corre un significado en perpetuo movimiento, que es como Dora se implica y se interesa.

La neurosis de Dora adquiere su sentido como metafórica, y así es como puede resolverse. Freud quiso introducir en esta metáfora, o quiso forzar, el elemento real que tiende a reintroducirse en toda metáfora, diciéndole a Dora—A usted le gusta eso precisamente. Por supuesto, con la intervención del señor K., algo tendió a normalizarse, pero ese algo permaneció en estado metafórico.

Lo demuestra esa especie de embarazo de Dora posterior a la crisis de ruptura con el señor K., que Freud percibe con ese prodigioso sentido intuitivo de las significaciones, característico en el.

Es en efecto un aborto extraño y significativo lo que se produce al cabo de nueve meses, como dice Freud, porque lo dice la propia Dora, revelando así que hay una especie de embarazo. De hecho, se trata de quince meses, lo que supera el plazo normal para el parto. Es significativo que Dora vea en ello la última resonancia del vínculo que la une todavía con el señor K.

Encontramos aquí la equivalencia de una especie de copulación que se traduce al orden de lo simbólico de una forma puramente metafórica.

Una vez más, el síntoma no es en este caso más que una metáfora. Para Dora es una especie de tentativa de recuperar la ley de los intercambios simbólicos, en relación con el hombre con el que se ha de unir o desunir.

Por el contrario, el parto que encontramos igualmente al final de la observación de la homosexual, antes de que vaya a parar a manos de Freud, se manifiesta así —de pronto, se tira desde un pequeño puente del ferrocarril.

Esto se produce cuando el padre real interviene una vez más para manifestarle su irritación y su ira, intervención sancionada por la mujer que se encuentra junto a ella y le dice que no quiere verla más.

La joven se queda sin recursos. Hasta ese momento, había resultado bastante frustrada de lo que debía habérsele dado, o sea el falo paterno, pero había encontrado el medio de mantener el deseo por la vía de la relación imaginaria con la dama. Cuando esta la rechaza, ya no puede sostener nada. El objeto se ha perdido definitivamente, y ni siquiera aquella nada en la que se ha basado para demostrar a su padre como se puede amar tiene ya razón de ser. En ese momento, se suicide.

Como Freud subraya, esto tiene igualmente otro sentido, el de una pérdida definitiva del objeto. El falo que se le niega definitivamente, cae, dar a luz [niederkommt]. La caída tiene aquí valor de privación definitiva y también de mímica de una especie de parto simbólico.

Aquí tienen otra vez el aspecto metonímico del que les hablaba. Si el acto de precipitarse desde un puente del ferrocarril en el momento crítico y terminal de sus relaciones con la dama y con el padre, Freud puede interpretarlo como una forma demostrativa de convertirse ella misma en ese niño que no ha tenido, destruyéndose al mismo tiempo en un último acto significativo del objeto, es únicamente basándose en la existencia de la palabra dar a luz [niederkommt]

Esta palabra indica metonímicamente el último término, el término suicida que expresa en la homosexual lo que está en juego, el único motor de toda su perversión, a saber, de acuerdo con lo que tantas veces afirmo Freud sobre la patogénesis de cierto tipo de homosexualidad femenina, un amor estable y particularmente reforzado por el padre.

 

 

 

 

 

 

 

 

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